Debe ser el sino de los inventos españoles, pero muchas veces los descubrimientos que hacen nuestros compatriotas no se atribuyen correctamente y los méritos se los llevan otros. Ya contamos lo que les pasó a Jerónimo de Ayanz con la máquina de vapor y a Julio Cervera con la radio. Afortunadamente, están los historiadores para poner remedio a estos desmanes. Una de las investigaciones más recientes es la de un británico, Nick Pelling, que completó los pasos de catalán Simón Guilleuma (óptico catalán, 1886-1965), y que publicó en un artículo en la revista británica History today.

Históricamente, el invento del telescopio se atribuía a un óptico holandés, aunque nunca quedó demasiado claro a quién. El problema es que tres artesanos patentaron el mismo invento poco más de 15 días en 1608. ¿Cómo es posible que una idea tan parecida se les ocurriera a los tres al mismo tiempo? Es esta coincidencia la que puso la mosca detrás de la oreja a los expertos. Es precisamente Simón Gilleuma el que indicaría que Juan Roget, un óptico de Barcelona, sería el primero en inventar el telescopio en 1590, 18 años antes de que se patentara en Holanda.

Los historiadores coinciden en que a finales de septiembre de 1608, Hans Lipperhey tiene una audiencia con el Príncipe Maurice de Nassau, al que enseña su “nueva invención”, un artefacto que permitiría observar los objetos en la lejanía. El objeto pasa de mano de forma que Ambrosio de Spínola, negociador español en La Haya llega a confesarle al príncipe que nunca más se sentirá seguro ya que Su Alteza podrá verlo desde lejos.

 

Los rumores de la existencia de este nuevo dispositivo se difundirían rápido por la ciudad holandesa, en las hojas de noticias y de ahí a Europa, siendo conocida la historia de su presentación en España, Francia e Italia a final de año. Y desde el principio, la importancia del telescopio para observar las estrellas se destacaría en las noticias, en las que se apuntaba: “Incluso las estrellas que normalmente son invisibles a la vista y a nuestros ojos, por su pequeñez y nuestra debilidad, se vuelven significativas con este instrumento”.

 Lipperhey registró la patente el 2 de octubre de ese mismo año y recibió una generosa comisión de 900 florines para construir tres pares de lentes binoculares de cristal de roca. Sin embargo, el 14 de octubre, el Comité de Concejales recibió a Zacharias Janssen que había construido un aparato similar con la misma utilidad, y sólo tres días después, otro óptico, Jacob Metius de Alkmaar, recibió 100 florines por patentar por su cuenta otro telescopio.

Podría decirse que uno de los tres fue el verdadero inventor del telescopio, y los otros dos, meros copiones, pero con el paso de los años, la teoría de un primer inventor del que los holandeses tomaron la idea del instrumento, fue tomando forma. El quid de la cuestión lo tendrá el hijo de Janssen, que declararía que su padre copió el diseño de un aparato que estaba fechado en el Anno 190 (presumiblemente, el 1590).

Simón de Guilleuma indagaría tras el rastro de este aparato copiado por Janssen y encuentra en los inventarios de la época una descripción en una subasta de bienes de Jaime Galvany, que dice: “ullera de llauna per mirar de lluny” (catalejo para mirar de lejos). La subasta, el 5 de septiembre de 1608, encaja con las fechas de patente del telescopio.

Su hipótesis es que un desconocido compró el telescopio de Galvany y lo llevó a la feria de libros y descubrimientos científicos de Fráncfort, donde se lo ofrece a Janssen para que lo venda a sus clientes. El holandés intenta por todos los medios no vender el instrumento, que le fascina, y acaba quedándoselo. Pero Janssen no es óptico, y pide a Metius y Lipperhey las lentes que necesita para construir otro telescopio. Ahí es donde el secreto queda al descubierto y la patente se copia, no una, si no tres veces.

¿Cómo llega Guilleuma al nombre de Roget como inventor original del instrumento? El óptico catalán leería un libro del milanés Girolamo Sirtori publicado en 1618 en el que contaba cómo, en 1609, conoció a un óptico llamado Roget en Barcelona, al quien denominaba “el primer inventor del telescopio”. Guilleuma seguirá entonces los pasos del libro del italiano hasta descubrir la existencia de la familia Roget y su dedicación a la óptica.

Una historia de intrigas e inventos que despojaron una vez más a un español del crédito de su trabajo. Lo que realmente importa ya es que el invento de Juan Roget se extendió con rapidez por Europa y Galileo Galilei, dándose cuenta del potencial del descubrimiento para observar cuerpos celestes, redifinió el diseño hasta desarrollar uno capaz de magnificar hasta 30 veces el objeto observado. Y lo demás, ya es otra historia.

Esther Iorfida

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